Noruega se lanza a experimentar la captura de CO2, construyendo el mayor prototipo para operar en centrales térmicas, para separar el dióxido de carbono producidos por la combustión de carbón y de gas natural para la generación de electricidad.
Los proyectos para el “secuestro de carbono” -como se conoce popularmente- intentarán capturar unas 100.000 toneladas de CO2 anualmente durante cinco años, para hacerlas económicamente competitivas y comercialmente viables. De hecho, se practica en Noruega desde hace 10 años, en la plataforma gasífera de Sleipner, en el mar del Norte, a 250 kilómetros de la costa, extrayendo el CO2 del gas e inyectándolo en una formación geológica de areniscas porosas y agua salada, a 2.500 metros de profundidad, con una capa de roca de 800 metros de grosor encima. Borge Rygh Sivertsen, de Statoil, empresa encargada de la iniciativa, afirma que el almacenamiento geológico es perfectamente estable, que lo están vigilando y estudiando desde hace años.
Precisamente la estabilidad de estas prácticas no están comprobadas y es la razón por la que los expertos, incluyendo los que pertenecen al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático- mantienen aún reservas mientras no se demuestre de modo concluyente que el almacenamiento geológico de ese gas de efecto invernadero es estable. De momento, el Protocolo de Kioto no contempla el secuestro de carbono entre los proyectos que puntúan para que los países o empresas mejoren su balance de emisiones.
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